Siguiendo a Ekman, existen dos formas fundamentales de mentir: ocultar y falsear. En la ocultación se retiene información. En el falseamiento no sólo se retiene información verdadera, sino que se brinda información falsa como si fuese cierta. Otra posibilidad son las "falsas delaciones" que consisten en emitir información verdadera junto a signos no verbales de engaño para que los receptores crean que es falsa.
Resulta evidente que las señales y signos no verbales del engaño son cruciales en el juego de póker, pues pueden traicionar la fuerza o debilidad de la mano de un jugador, o pueden ser utilizados como señales deliberadas para confundir a los contrincantes.
De la investigación del engaño surge que los mentirosos tienden a producir más interjecciones en sus conversaciones o declaraciones: aaahhh, eeehhh, esteee... También suelen repetir la pregunta que se les ha hecho. Estas son señales de duda o de la necesidad de ganar tiempo para encontrar la respuesta que se desea dar. Por lo tanto, cuando como estrategia se le pregunta a un jugador si tiene una mano fuerte y este responde: "¿Si tengo una buena mano? Eeehhh, sí, tengo una mano excelente", su fuerza es sospechosa.
Lo mejor es no contestar, a menos que uno sea capaz de cometer deliberadamente "falsas delaciones", es decir, brindar informaciones verdaderas acompañadas de los gestos que las muestran como si fuesen falsas, para que el otro no las crea. Si tengo una buena mano y quiero que mis adversarios piensen que es mala, entonces afirmaré tener cartas imbatibles pero de manera tal que parezca mentira: elevaré un hombro, interrumpiré el contacto visual dirigiendo la mirada hacia abajo y al costado, me rascaré la punta de la nariz, etc.
Un problema que tienen muchas personas es que su habilidad para salir airosos de una mentira les produce un gran placer al que les cuesta renunciar. Pero por suerte existen actividades lúdicas en las que resulta socialmente aceptable, y hasta se premia ser un buen mentiroso. Mejor canalizar estas habilidades en un juego que en las relaciones íntimas.
Por Dr. Sergio Rulicki